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JAVIER DURAN MAGDALENO Sculptor/Escultor :: Artista plástico:: Architec/Arquitecto

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ARTIFICIAL

¿Experiencia artificial? Breves consideraciones estético-tecnológicas a modo de derramamientos, a propósito de la obra de Javier Durán

Amado cuerpo, me abandono a tu solo poder;
El agua tranquila me llama donde yo tiendo mis brazos:
no resisto ese vértigo puro.
Oh mi Belleza, ¿qué puedo hacer contra tu voluntad?
Valéry, Cantata de Narciso

Una de las polémicas del último cuarto del siglo pasado ha sido el incesante cuestionamiento sobre la reconfiguración de la corporalidad en un horizonte que, prismáticamente, se criba desde lo tecnológico.  Esa relación entre cuerpo y tecnología ha sido causa de disertaciones de todo tipo, desde las más ingenuas donde se destaca dicha relación como “algo novedoso (por aislado) y sólo posible desde la gran diversidad posmoderna” hasta las más elaboradas teorías acerca de la restitución de la primitiva tekné en lo complejo del sublime contemporáneo; al final de cuentas, ambas se fincan en consideraciones de lo contingente ignorante de historicidad.

Tal vez la obviedad posmoderna aparezca a partir del desplazamiento de la percepción como facultad activa que redimensiona la experiencia. Justamente, la constitución de la sensación viene dada no de modo aislado, sino que se inserta en todo un acontecer, en todo un entramado identitario que el objeto cifra espontáneamente a partir de su recorrer, de su exploración. Tal como menciona Merleau-Ponty en su Fenomenología de la percepción “La significación de lo percibido no es más que una constelación de imágenes [...]”[1] y ¿quién percibe? el cuerpo que orienta, envuelve y distingue sensaciones; dice Buck-Morss a cerca del cuerpo y sus sentidos “constituyen el externo de la mente”[2] y continúa: por tanto “la estética nace como discurso del cuerpo”[3]. De este modo, el tema de la corporalidad y su constitución se posicionan como la discusión preeminente –incluso más allá de la pregunta por el arte-; así, los eventos del siglo XX determinan de modo más complejo y dinámico las imágenes y laceraciones en mi cuerpo, desde aquello que me concientiza de mi finitud, de aquello que Gadamer alude como situaciones límite[4] existenciarias. Necesario es indagar sobre el cómo se configura la experiencia a partir de una forma de percepción donde las sensaciones ya no llegan aisladas, sino en un haz –unitario- que, además, es cada vez más opaco debido a los encubrimientos de la acción del hombre.

Sin embargo, vayamos más allá de estas consideraciones que tantos han tratado ya y de mejor manera. El verdadero escozor del pensamiento artístico contemporáneo no es simplemente el cuerpo y su correlato tecnológico, sino su ulterior consideración: la materialidad. Cuando en el horizonte tecnológico la reproducción ya no solamente ha sido la causa del abandono del aura, ahora, dentro de la insignia de la reproducción surge una nueva cuestión ¿Cómo ocurre el tratamiento teórico de una realidad material difusa e inaprensible? La respuesta nos rebasa en estas minúsculas consideraciones, pero es preciso decir que para acceder a un tratamiento sensato de esta cuestión, es necesario acceder a la obra de arte como una unidad que se resiste y tensiona. Pues sólo desde ambas consideraciones se enriquecerá la reflexión sobre pliegues contradictoriamente encubiertos que alertan nuestros más recónditos sentidos naturales de la renuncia; es decir, pasaremos de una experiencia anestesiada a una experiencia de la decepción[5].

Pero, ¿qué hace que la obra de Javier Durán evidencie lo difusa, inmanente y decepcionante que es la experiencia contemporánea en su transformación?

Primeramente, Javier Durán está acostumbrado a trabajar por unidades de conocimiento que resaltan como focos rojos en la gran red perceptiva y experiencial de su pensamiento creativo. Lo que él ofrece no son más que certezas derramadas por la consumación del conocimiento que proyecta, desplaza y aniquila posibilidades de acción. Esta serie (que nos presenta como su más reciente obra) postula esa primitiva aniquilación de la experiencia que, en un efecto fantástico, logra colindar con el sofisticamiento de la materialidad; esto es, lo digital. En palabras escuetas, él logra participar en el encubrimiento discursivo ficcionando sobre la verdad, fusionando la sofisticación de la materialidad en el tamiz de la experiencia decepcionante.

El juego de transparencias en las imágenes resalta la complementación -a momentos- del individuo con su propio horizonte, es una vinculación que ocurre de manera derramada, perdiendo sensibilidad y posibilidades a cada movimiento del propio cuerpo. Cómo resaltarnos tecnológicamente a la vez que ocultamos nuestras propias dimensiones, esa es la cuestión central que ansiosamente el artista pone sobre la mesa; las formas petrificadas del hombre son, precisamente, los abismos de su propia creación. La experiencia, en ese sentido, se derrota a sí misma a cada instante de su propio proceder.

  Como forma petrificada, no es la primera vez que Javier Durán nos muestra su predilección por el tratamiento del cuerpo, pero ahora acude más allá de él mismo; los targets son evidencia de la intencionalidad refleja en la corporalidad, aquello que nos hace pensar que el dolor jamás ha de transfigurarse en placer, por la simple razón de que aquel es el referente contundente de la situación límite de la existencia. De ahí que el instante, como lo durable de la captación digital, funcione como el condicionante del arte contemporáneo, y parece que nuestro artista se da cuenta de ello a cada muestra. Las imágenes presentadas por él en esta ocasión son la evidencia creativa de lo difuso de la transformación antropológica. Esa evidencia que, sin palabras, activamente evoca al instante una constelación de imágenes, a propósito de unas cuantas desde aquí presentadas.

Blanca Fátima del Rosario Hernández Morales




[1] Merleau-Ponty, Maurice., Fenomenología de la percepción, Ed. Altaya, Barcelona, 1999, p.37
[2] Buck-Morss, Susan., Walter Benjamin. Escritor revolucionario, Interzona editora, Buenos Aires, 2005, p. 173.
[3] Idem
[4] Cfr. Gadamer, Hans-Georg., Verdad y Método II, 2da ed, Ediciones Sígueme, Salamanca, 1994 p. 60
[5] Decepción, porque a cada situación emergente el individuo se desgarra en sus posibilidades de conocimiento; a cada vivencia trasfigura un acontecer y renuncia a nuevas posibilidades de concreción de su experiencia. Este desgarro es sufrimiento, el darse cuenta de la decepción por la renuncia inmanente en el propio desarrollo de lo real. Finalmente, la decepción es la renuncia latente a posibilidades de desengaño de la verdad.